Premio
Punto de
Excelencia

 

REFLEXIONES CON BERLÍN DE FONDO

Antonio José Quesada Sánchez


Today There Will Be a Difficult Day by Andrej Mashkovtsev, 2003, indian ink and watercolor on paper, 37 x 27 cm.

    
REFLEXIONES CON BERLÍN DE FONDO

     — Tengo los pies muertos ya. Como este tío no pare un rato, yo no seré capaz de llegar a Berlín -comenta Johnny cansado, mientras sigue la marcha.
     — Bueno, pero digo yo que ahora ya no tenemos tanta prisa, ¿no?
     — No te creas, ¿no has visto que han entrado los rusos? Éste tiene órdenes de que lleguemos lo antes posible o cuando entremos nos recibirá el Jefe del Soviet de Berlín Este, compañero general Raskolnikov o algo así, y entonces ya la hemos liado.
     — "¡Y cuando digo que quiero esto para lo antes posible quiero decir que lo quiero para ayer!" -ambos a la vez, imitando al teniente, entre caras sorprendidas de sus colegas, que les miran-. Ja, ja, ja, ja.
     — ¡Soldados, qué es ese griterío! ¿Estamos de paseo por el campo, coño? -el teniente no se ha dado cuenta de su imitación, pero sí de que hay desorden.
     Se hizo un grave silencio. Los veinte kilómetros a pie hasta Berlín les iban a resultar eternos.


     — A mi ya me pesa la mochila, el fusil es insoportable, las botas me tienen matado... ¿No hubiera sido más fácil llegar en camiones? Mira que eso de dejarnos a veinte kilómetros por miedo a posibles ataques... Además, ¿acaso no pueden ametrallarnos desde el aire si nos ven ocupando la carretera como vamos? ¿Y no han visto ya a los rusos colgar la bandera roja en el Reichstag? Cada vez entiendo menos...
     — Sí, la verdad es que sí, macho. Igual esa bandera roja es el problema. Pero esto de hacernos andar es algo gratuito. Sobra. Bueno, y si al menos nos encontráramos con alemanas por el camino. Pero, chico, ni una...
     — Qué guapas son estas mujeres, es verdad.
     — Rubias, altas, bien hechas... Chico, me sube la temperatura sólo de pensar en ellas, y no me acuerdo ni de la caminata ni de la mochila ni de los rusos...
     — ¿Estas casado, Johnny?.
     — Sí, chico, sí, qué tendrá que ver eso... ¿Y tú?
     — Sí, yo también. Mira, ésta es Elsa -abre un portafotos que llevaba colgado del cuello. Se ve a una bella mujer de rasgos latinoamericanos.
     — Ummm, es muy guapa. ¿Es mexicana?
     — Panameña, pero tiene ya la nacionalidad norteamericana. Es hija de un militar panameño que trabaja para nosotros en el canal.
     — Mi mujer se llama Mary, y es la típica mujer negra del medio oeste norteamericano.
     — ¿Y estás enamorado de ella o tienes la mente siempre en otras mujeres?
     — Claro que estoy enamorado, pero pienso que cualquier día un nazi cabrón al que se le crucen los cables me mete un tiro entre ceja y ceja y vuelvo a casa en una caja de madera. Bueno, tal y como están las cosas, no necesito ya ni a un nazi cabrón irreductible, sino que me bastará con un comunista ruso, al que tampoco le faltarán ganas de hacerlo. Por eso, si se me presentara algo femenino, bueno es. Sobre todo una rubia de éstas, y dicen que los negros les gustamos muchos, a ver si es verdad... Al fin y al cabo, si me matan mañana, eso que me llevé para adelante. ¿Tú no piensas así?
     — Mira, yo confío en volver a casa, y no quiero haber hecho nada que me impida mirar a mi mujer a los ojos.
     — ¡Ufff, un romántico! Tú eres de los que creen que los rusos son nuestros amigos, ¿verdad?.
     — Hombre, han hecho la guerra con nosotros, ¿no?.
     — Te diré yo lo que harán los rusos a partir de ahora si les dejamos: van a sovietizar la Europa que les dejemos y convertirla en satélite suyo. ¿Te juegas algo?.
     — Hombre, no creo. Están liberando esas tierras...
     — ¿Qué no crees? No están liberando, están conquistando.
     — Te veo muy reacio respecto a ellos, Johnny.
     — Éstos están tan locos con los discursos y las liberaciones que no se dan cuenta de que los rusos van a su aire. Es más, te voy a decir algo que, salvo que me equivoque mucho, será realidad en un par de años (Dios quiera que no, pero soy pesimista): cuando la guerra haya terminado, los países liberados por los rusos pasarán a estar gobernados por partidos comunistas, y Europa se dividirá en dos partes, separadas como por una especie de cortina que coincida con las fronteras de estos países con los de la Europa libre. Una cortina de hierro electrificada, claro, para que la gente no huya del paraíso rojo. Ya lo verás.
     — Estás obsesionado, Johnny, qué mentalidad. Te pareces a algunos senadores que conozco. No creo que sea para tanto. Ya has oído al Presidente decir que...
     — ¿El Presidente? El Presidente no tiene ni idea. ¿Sabes tú quien sabía tratar a esta gente?
     — ¿Quién?
     — Churchill. Ése sí tenía una gran cabeza y tenía a raya a Stalin. No me gustan estos asiáticos, Mike. Los rusos no se han bajado del caballo y hacen la guerra como Gengis Khan, aunque se crean europeos. Pero no lo son: los europeos tuvieron a Kant y a Hegel y éstos ni los han olido.
     — No me salgas por ahí, Johnny. Primero te quieres acostar con la primera alemana que se te ponga a tiro, luego que no te gustan nuestros aliados... Eres el soldado ético ideal.
     — ¡Ay, Mike! Inocentes como tú son el campo de cultivo para que manden los mariconcillos que sientan sus culos limpios en el Senado y no tienen ni idea de lo que es la vida. Mira, en último término será un grupo de soldados el que salve la civilización occidental, no olvides eso nunca. Ya verás cómo los mariconcillos del Senado acaban llamándonos dentro de unos años para intimidar a los tovarich. Si me dejaran, una vez comprobado que Hitler está muerto, seguiría la guerra hasta entrar en Moscú. Si no lo hacemos ahora, lo tendremos que hacer después, ya lo verás. O lo tendrán que hacer otros después.
     — Yo seré inocente, pero a ti te veo demasiado desconfiado, Johnny. No sé cuándo eres peor, si cuando buscas hembra con la que ser infiel a tu mujer o cuando enmiendas la plana al Presidente inventando cuál debe ser nuestra política exterior.
     — Recordaré esta conversación siempre, Mike. Algún día me darás la razón. Deberías ser negro para saber cómo funciona el mundo. Yo vine aquí no para defender a mi país, que también me discrimina, sino para acabar con el racismo de Hitler, que es un peligroso ejemplo que no quiero que se extienda. Pero tenemos en casa todo revuelto, no lo olvides: los negros somos los judíos del Presidente americano. ¿No te extraña que yo sólo recupere derechos cuando hay guerra y puedo volver a casa en el mismo ataúd que tú? Si estuviéramos en mi pueblo, tú irías en un asiento del autobús y yo en otro, y en un bar tú orinarías en un sitio y yo en otro. Fíjate que curioso: y venimos aquí a decirle a Hitler que no discrimine judíos, que eso no está bien...
     Se corta la conversación. Se corta toda posible conversación de la tropa.
     — ¡Atención, compañía! Vamos a hacer noche en aquella granja y mañana seguiremos camino. Nos acomodaremos en el pajar, ¿de acuerdo? ¡A ver, el italiano ése que hablaba alemán, Gianni! ¡Dónde carajos está Gianni!.
     — ¡Aquí, mi teniente! -sale de un lateral de la masa de hombres y da un taconazo.
     — Vamos a adelantarnos para hablar con los dueños de la granja. Mientras, vosotros, acercaos a la granja pero sin entrar, ¿de acuerdo?.
     — ¡Sí, señor! -todos a la vez.
     — Vamos, Gianni.
     Y marcharon.


     A la mañana siguiente, a las siete, estaban todos en pie, arreglando sus cosas para salir. Se distribuyeron pedazos de pan con mantequilla, para que durante el camino cada cual desayunase algo. Mike miró para todos lados, pero no veía a Johnny. Se ponen en marcha, y entonces llega Johnny, corriendo y poniéndose en su sitio el uniforme. Afortunadamente, el teniente no se había dado cuenta todavía de la tardanza.
     — ¿Dónde has estado, hombre?
     — Toma, anda, guárdate esta manzana para luego -comenta, ofreciéndole una linda manzana.
     — ¿Pero de dónde has sacado esto? -sorprendido, es de gran calidad-. No veía una manzana así desde antes de la guerra.
     — Pues ya la ves ahora, hombre. ¿Sabes? -tono de confidencias- Me las ha dado la hijita de los dueños de la casa donde hemos estado...
     — ¡No me fastidies! ¿Has estado con ella?
     — Sí, chico. Uffff, un volcán... Le he dejado una tableta de chocolate y unas medias transparentes que le han encantado. Chico, era guapísima, rubia, alta, con un par de buenas ejem... y cuando te diga una cosa te caerás de espaldas...
     — ¿Qué? -intrigado.
     — Era tan rubia que tenía rubio hasta el...
     — Buenoooo -le interrumpe-, anda, déjame tranquilo que me va a subir la temperatura. Tu mujer estaría orgullosa de ti: acostándote con alemanas a cambio de unas medias de dos dólares, robándole sus manzanas y trapicheando. No sólo tu mujer: tu país estará orgulloso, seguro. Pensaba yo que lo de los relojes sería algo aislado...
     — No es delito quitar el reloj a un cadáver, ¿eh?. No dañas a nadie. Además, si no se lo quitas tú se lo llevará otro...
     — Es increíble -Mike miraba a Johnny con ojos de desencanto      -¿A esto hemos venido a Europa, a robar a hombres muertos y a gozar a mujeres vivas?.
     — Hemos venido a eliminar a un criminal, a no poder eliminar a otro porque los políticos no nos dejarán, y a sobrevivir y evitar volver a casa en una caja de pino como héroe. Eres demasiado inocente, Mike, no se puede ir así por la vida. Debieras haber nacido negro, y así habrías perdido esa virginidad moral que te paraliza. ¿Sabes lo que es el agua destilada?
     — Sí.
     — Sabrás que es un agua tan pura que no se puede beber. Pues así es tu bondad: hay que ser bondadoso, pero no de un modo tan ideal que no seas humano. Hay que ser humanamente bondadoso, para llegar vivo hasta mañana.
     — Acostándote con pobres mujeres por tabletas de chocolate, robando relojes a los muertos en la carretera, quitándote de en medio cuando hay algo peligroso que hacer... Tu bondad me abruma. Sí, es cierto que llegarás vivo a mañana, eso sí.
     — Mike, cuando vine aquí tomé la determinación de terminar esta campaña, no de volver como héroe de mi país con los pies por delante. En tiempos de paz, sobrevivir es vivir conforme a tus principios. En tiempos de guerra, revueltos, para sobrevivir hay que bordear esos principios. ¿Eres capaz de andar en línea recta cuando el mundo es redondo?
     — No tienes arreglo, Johnny.
     — Dejemos eso, compañero, y mira qué vemos por allí -comenta señalando el horizonte.
     Era Berlín. Por fin. La cantidad de cuestiones que se solucionaban viendo Berlín...
     — Además, piensa que para mi esto no es más que una batalla. Ahora tú y yo vamos juntos, pero en cuanto vuelva a casa y me obliguen a no mezclarme contigo, volverá la lucha contra el racismo. La misma que me ha traído al corazón de Europa.
     — Vale, vale, lo que tú quieras... -se aburre y mira para la ciudad.
     — (Cambiando de tema) Seremos las primeras tropas no rusas que entren en la capital. Nos estarán esperando los tovarich, ¿no?. ¿Les saludamos con el puño en alto? Tú verás que nos encontraremos con las Juventudes Comunistas dirigiendo el tráfico en la ciudad...
     — Bueno, y si eres tan defensor de los derechos de los negros, ¿no te convendría aliarte con los comunistas? Aprovecha ahora...
     — No te equivoques, yo vengo de África, no de Rusia. Y así como no quiero ser esclavo de los blancos tampoco quiero ser esclavo de un Estado que me diga hasta la hora en que tengo que ir al baño. Por mucho que mi estafador no se llame Excelentísimo Señor Presidente de los Estados Unidos de América, sino Compañero Secretario General del Partido Comunista de no sé dónde, que suena más cercano a mi.
     — Desde luego, no sé cómo te prefiero, si como ladrón de cadáveres y fornicador de mujeres rubias y guapas, o como analista político preclaro.
     — Llámame superviviente. Con eso me conformo. Pero esto que vemos de los rusos a nuestro lado es un teatro. Al tiempo.


     Salen a recibirnos tropas rusas. El teniente se presenta ante la autoridad soviética y los soldados confraternizamos con los soviéticos. Son muy delgados y sus ojos son claros y huidizos. Parecen temer siempre algo, sea la llegada de los comisarios políticos o que les corrompamos con fotos de bailarinas americanas medio desnudas, ¡yo qué sé!. Son correctos, pero se les nota algo distantes con nosotros. Parecen tener miedo de siglos que no han terminado de exorcizar.
     Nos ofrecen un tabaco ruso pésimo (mucho fanatismo hay que tener para hacer la guerra fumando esta mierda: el comisario político debe hacer un trabajo excelente). Nosotros les correspondemos con tabaco americano, mucho mejor. Uno de ellos saca una botella de vodka y me ofrece. Aquello es alcohol puro, no me sabía a nada. Ahora entiendo aquello que leí a Gogol en "Taras Bulba" de que los cosacos, cuando no guerreaban, bebían vodka hasta caer al suelo y allí dormían la borrachera, cayeran donde hubieran caído (en casa, en una cuneta, bajo un árbol...). Esto entran ganas de beberlo hasta caer al suelo, no por placer. Debe ser útil hasta para desinfectar heridas.
     — Toma, tovarich, pega un trago a esto -dije alargándole una botella de whisky, para que probara algo bueno.
     Espasiva, me respondió mientras tragaba con deleite, y añadió una parrafada en ruso que no entendí, pero tenía que estar alabando la bebida, pues me pidió permiso o algo así para ofrecer a un colega suyo. Entonces llegó el comisario político y se quedó con la botella, para ver si la bebida de los decadentes burgueses tenía efectos ideológicos sobre su tropa, supongo.
     Y así terminó el primer acto de esta función de teatro, con la toma rusa de Berlín, y comenzaba el segundo acto de la misma obra, la administración de la victoria, con esta pequeña farsa entre supervivientes que no hablaban el mismo idioma, y no sólo a lenguas me refiero.


     Lo bueno que nos queda a los viejos es que podemos reflexionar sobre si estábamos equivocados o no en nuestras predicciones. Esto no podrán hacerlo los compañeros que se quedaron por el camino, por muy Héroes de la Patria que se les considerara.
     Me quedé corto en mis reflexiones: cuando entré en Berlín, con dos relojes en la mano izquierda, un blanco inocente a mi lado y el recuerdo del sexo rubio de una alemana gigante en la mente, nunca pensé que nos acabaríamos peleando con los rusos hasta para llegar antes a la Luna o que los negros íbamos a dar tanta guerra, afortunadamente, hasta arrancar nuestros derechos.
     Lástima que todo esto no lo viera Mike, ya que un ruso le mató unos días más tarde de nuestra entrada en Berlín. Me hubiera gustado conocer su opinión sobre todo esto.
     Fue un error, según estableció la investigación oficial, pues le confundieron con un soldado de las SS y dispararon. Pasó a ser otro Héroe de la Patria que retornaba en cajón de pino adornado con Cruz al Mérito Militar con distintivo de no sé qué color. Con viuda llorosa esperando su llegada. Viuda a la que nunca fue infiel, porque estaba hecho de otra pasta, además.


     A menudo me acuerdo de él y se lo comento a Mary: yo sobreviví y él no. Me dolió mucho: ese blanco inocente era mi amigo, y no era malo. Era inocente, sin más. Si alguien mereció una bala en el cerebro nunca fue él, aunque estas cosas pueden pasar cuando eres demasiado confiado.


Antonio José Quesada Sánchez

Dr. en Derecho

Málaga (España)

Copyright ©2004 Antonio José Quesada Sánchez.


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